Capítulo 25. Las conclusiones de Roma: lo que una parte de Europa ya había entendido.
Salón de actos del Castillo de Sant’Angelo (Roma), donde se celebró la convención internacional sobre turismo itinerante.
Para poder extraer conclusiones de la convención de Roma, es importante situar correctamente el contexto de aquella época.
Por entonces, la Unión Europea estaba formada por 27 países. Sin embargo, desde mi propia experiencia viajando por Europa durante aquellos años, solo tres países —Francia, Italia y Alemania— presentaban un desarrollo claro del autocaravanismo en comparación con España y otros países.
Esto no era casual. Esos países habían comenzado a desarrollar esta forma de viajar más de treinta años antes que nosotros.
El resto de países, en muchos casos, se encontraban en una situación similar o incluso inferior a la española.
Por ello, no sería justo generalizar la realidad del autocaravanismo a toda Europa. De hecho, en la convención de Roma solo estábamos representados cuatro países.
El desarrollo del debate.
Tras la presentación de las ponencias, la jornada continuó con el habitual turno de preguntas y respuestas.
Posteriormente se celebró una mesa redonda y una charla-coloquio en la que participamos todos los ponentes junto a las autoridades presentes.
De ese intercambio de opiniones surgieron varias propuestas que quedaron reflejadas en un documento final, aceptado por todos los participantes.
Entre ellas, hubo una que, a mi entender, fue especialmente relevante.
Aprovechando la presencia del presidente de la Comisión de Turismo del Parlamento Europeo, Paulo Costa, el responsable de turismo del Ayuntamiento de Roma, Saverio Galeota, propuso elevar al Parlamento Europeo una iniciativa inspirada en nuestra ponencia.
El objetivo era que, dentro de sus competencias, el Parlamento Europeo promoviera medidas para que los ciudadanos que viajan en autocaravana por la Unión Europea encontraran condiciones similares en todos los países miembros, tanto en legislación como en infraestructuras y trato.
Las limitaciones europeas.
La respuesta del propio Paulo Costa fue muy clarificadora.
Explicó que el Parlamento Europeo encontraba importantes dificultades para establecer normas comunes en este ámbito, debido a la falta de una normativa marco clara y de obligado cumplimiento en materias como la circulación o el uso de los vehículos, que dependen de la legislación de cada país.
Reconocía que existía una voluntad de avanzar hacia cierta armonización, pero que ese proceso sería largo y complejo.
Además, señaló otro aspecto relevante: el crecimiento del turismo en autocaravana estaba generando presiones por parte del sector hostelero, que veía esta modalidad como una competencia para el turismo rural tradicional.
Diferencias dentro de Europa.
Durante el debate también quedaron patentes las diferencias entre los propios países europeos.
Los representantes italianos destacaban su apuesta por el desarrollo de áreas de servicio para autocaravanas, tanto públicas como privadas, gratuitas o de pago, integradas dentro del territorio.
Frente a ello, señalaban que en Alemania muchas de estas áreas se estaban desarrollando dentro de campings, un modelo con el que los italianos no estaban de acuerdo.
Estas diferencias demostraban que, incluso en países con mayor desarrollo, no existía un modelo único.
Mi intervención.
En mi intervención en la mesa redonda señalé que la idea de avanzar hacia una política autocaravanista común en Europa era positiva, pero que debía tener en cuenta las diferencias estructurales entre los países.
No es lo mismo un país con un modelo de administración centralizado, como Francia, o una federación como Alemania, que otros como España o Italia, donde existe un sistema descentralizado con competencias transferidas a comunidades autónomas o regiones.
En estos casos, alcanzar una uniformidad real resulta mucho más complejo.
Si a ello se añadía la falta de una normativa europea clara que respaldara ese proceso, como había indicado el propio Paulo Costa, la aplicación práctica de esa idea se hacía aún más difícil.
A ello hay que sumar las diferencias sociales entre países, algunas más receptivas que otras a nuevas formas de viajar y convivir en el espacio público.
Una realidad compartida.
Un representante italiano intervino para confirmar esa misma dificultad en su propio país.
A pesar de contar con una ley específica, la aplicación no era uniforme.
Cada región desarrollaba sus propias normas, infraestructuras y modelos de gestión.
Así, no era lo mismo viajar en autocaravana por la Toscana, con una red desarrollada y de calidad, que por otras regiones como Sicilia, Friuli o la Padania, donde la situación era muy diferente.
Esta reflexión mostraba que el problema no era exclusivo de España, sino que estaba ligado, en gran medida, a la estructura administrativa de cada país.
Las conclusiones.
Más allá del desarrollo del debate, lo verdaderamente importante fueron las conclusiones que podían extraerse de aquel encuentro.
Roma permitió observar de primera mano cómo se estaba abordando el autocaravanismo en Europa.
Y, sobre todo, permitió entender con claridad dónde estaba el problema en España.
En los países más desarrollados, el autocaravanismo no era un problema, sino una realidad normalizada integrada dentro de la movilidad.
Esto permitía separar claramente el estacionamiento, regulado por la normativa de tráfico, de la acampada, regulada por normativa turística.
Además, existía una red de infraestructuras adaptada a esta actividad, integrada dentro de las políticas territoriales.
España: un problema de interpretación.
El contraste con España era evidente.
Aquí el autocaravanismo no era comprendido.
Se confundían conceptos, se mezclaban competencias y se aplicaban criterios diferentes según la administración o el municipio.
El problema no era la actividad.
Era su interpretación.
Una oportunidad desaprovechada.
La participación en Roma ofrecía algo más que conocimiento.
Ofrecía una oportunidad para posicionar el autocaravanismo español en Europa y reforzar el trabajo institucional iniciado en el Senado.
Sin embargo, esa oportunidad no tuvo continuidad.
- Faltó visión.
- Faltó apoyo asociativo.
- Y faltó una estructura capaz de entender lo que se estaba construyendo.
Una conclusión que lo resume todo.
Mientras en una parte de Europa el debate ya estaba resuelto, en España todavía estábamos intentando definirlo.
Antes del siguiente paso.
Aquellas conclusiones tenían una aplicación directa en el trabajo del GT-53.
Pero, como se vería poco después, ese trabajo no seguiría el camino previsto.
La siguiente convocatoria marcaría un punto de inflexión.
Y con ella comenzarían a aparecer problemas que acabarían condicionando todo el proceso.

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