En los 煤ltimos veranos solemos coger la autocaravana y recorrer durante unos d铆as algunos rincones de Cantabria o de las comunidades pr贸ximas. Ya no son aquellos largos viajes de meses por Europa que hac铆amos hace a帽os. La edad, y sobre todo los compromisos m茅dicos, han ido reduciendo las distancias, pero no las ganas de seguir viajando.
Precisamente por viajar despacio y detenernos en muchos lugares, uno termina observando peque帽os cambios que, vistos de forma aislada, pueden pasar desapercibidos, pero que, con el paso del tiempo, reflejan una transformaci贸n mucho m谩s profunda.
Este verano estamos comprobando que el n煤mero de veh铆culos que utilizan los aparcamientos o 谩reas de autocaravanas para las visitas, descansar o pasar la noche ha aumentado de forma evidente. No hablamos 煤nicamente de autocaravanas o campers homologadas como veh铆culos vivienda. Tambi茅n encontramos furgonetas adaptadas, veh铆culos camperizados de forma artesanal e incluso turismos preparados para dormir en su interior.
Ante este panorama, resulta evidente que el turismo itinerante est谩 experimentando un importante crecimiento. Cada vez son m谩s las personas que descubren esta forma de viajar y deciden adaptarse a ella con los medios de que disponen. Sin embargo, no todos esos medios ofrecen las mismas condiciones de habitabilidad, autonom铆a o respeto por el entorno.
La inmensa mayor铆a de los usuarios que viajamos habitando utilizamos veh铆culos homologados como vivienda manteniendo un comportamiento correcto y respetuoso. Sin embargo, tambi茅n es cierto que, en algunos casos, las limitaciones de espacio o de equipamiento de los veh铆culos que no est谩n homologados para tal fin, hacen que la vida termine desarroll谩ndose fuera del veh铆culo: comidas en el exterior, reuniones improvisadas o desplazamientos nocturnos, con el t铆pico ruido de la apertura o cierre de puertas, para realizar necesidades fisiol贸gicas donde puedan, por carecer de un aseo integrado.
No creo que la responsabilidad de estas situaciones recaiga exclusivamente sobre quienes viajan de esa manera. Tambi茅n ponen de manifiesto una realidad que durante a帽os ha sido ignorada: la escasez de servicios p煤blicos adaptados a un fen贸meno tur铆stico que no deja de crecer especialmente en los recintos de aparcamiento.
No se trata de un comportamiento mayoritario, pero s铆 lo suficientemente visible como para llamar la atenci贸n tanto de quienes compartimos esos espacios como de los vecinos de las localidades donde se producen.
Y aqu铆 aparece una circunstancia que me resulta especialmente llamativa.
Mientras estas situaciones se producen con relativa normalidad, la intervenci贸n de las administraciones suele ser m铆nima. Sin embargo, cuando comienzan las quejas vecinales, la respuesta no suele dirigirse contra las conductas concretas que generan el problema, sino mediante restricciones generales, con la instalaci贸n de se帽ales de prohibici贸n o g谩libos de altura para los veh铆culos que parad贸jicamente est谩n mejor dotados para ser habitados.
Estas medidas, en la pr谩ctica, terminan afectando principalmente a las autocaravanas y campers homologadas, mientras que muchos veh铆culos de menor altura contin煤an accediendo sin dificultad.
Es una respuesta que invita a reflexionar.
Porque la Administraci贸n demuestra continuamente que sabe gestionar concentraciones humanas mucho m谩s intensas cuando existe un inter茅s festivo, cultural, deportivo o econ贸mico.
Durante el Descenso Internacional del Sella, los Sanfermines, la Noche de San Juan, los grandes festivales de m煤sica o acontecimientos deportivos como La Vuelta o el Gran Premio de Jerez, miles de personas ocupan temporalmente el espacio p煤blico. Se producen importantes afecciones sobre el tr谩fico, el ruido, la limpieza o la generaci贸n de residuos.
Y, sin embargo, la respuesta institucional no consiste en prohibir esos acontecimientos.
Se organizan dispositivos especiales de movilidad, se refuerzan los servicios de limpieza, se instalan infraestructuras provisionales, se incrementan los efectivos de seguridad y se destinan importantes recursos p煤blicos para que estos eventos puedan celebrarse con las mayores garant铆as posibles.
Es decir, la Administraci贸n gestiona una realidad que considera leg铆tima.
Entonces surge una pregunta inevitable.
¿Por qu茅, cuando un veh铆culo vivienda correctamente estacionado permanece durante la noche en un aparcamiento, la respuesta de algunos municipios consiste directamente en prohibirlo?
Una autocaravana correctamente estacionada no ocupa m谩s espacio que el delimitado por su per铆metro, no despliega elementos al exterior, dispone de dep贸sitos para aguas limpias y residuales y cuenta con instalaciones sanitarias propias.
Su mera utilizaci贸n como alojamiento no modifica las condiciones del estacionamiento ni transforma autom谩ticamente el espacio p煤blico en un campamento.
Las instrucciones de la DGT y la reciente incorporaci贸n del art铆culo 92.4 al Reglamento General de Circulaci贸n, con entrada en vigor el 1 de octubre, refuerzan precisamente esta idea al definir con mayor claridad cu谩ndo una autocaravana se encuentra correctamente estacionada.
Con ello, el legislador ha querido diferenciar expresamente el estacionamiento de un veh铆culo vivienda de las conductas que realmente pueden constituir una ocupaci贸n indebida del espacio p煤blico.
Por supuesto, nadie discute que las administraciones deben intervenir cuando se producen comportamientos inc铆vicos.
Si alguien invade el espacio p煤blico con mesas, sillas o toldos donde no est谩 permitido; si realiza vertidos; si genera ruidos; si incumple las limitaciones generales de estacionamiento o altera la convivencia, la actuaci贸n administrativa no solo es leg铆tima, sino necesaria.
Lo que resulta mucho m谩s dif铆cil de comprender es que la respuesta termine siendo una prohibici贸n gen茅rica dirigida contra todo un colectivo, con independencia del comportamiento real de cada usuario.
En un Estado de Derecho, las restricciones deben responder a criterios objetivos, ser proporcionadas y estar suficientemente justificadas.
No basta con invocar de forma gen茅rica la convivencia o el inter茅s p煤blico. Es necesario demostrar por qu茅 una actividad concreta merece una limitaci贸n espec铆fica cuando otras situaciones objetivamente mucho m谩s intensas reciben una respuesta basada en la organizaci贸n y la gesti贸n.
Quiz谩 la verdadera cuesti贸n no sea qui茅n duerme dentro de un veh铆culo.
La verdadera cuesti贸n es si el comportamiento exterior de ese veh铆culo genera realmente un problema para el espacio p煤blico.
Porque, si la conducta es correcta, el debate deja de ser un problema de convivencia para convertirse en una cuesti贸n de igualdad de trato y de coherencia en la actuaci贸n administrativa.
El turismo itinerante contin煤a creciendo y todo indica que seguir谩 haci茅ndolo durante los pr贸ximos a帽os.
Las administraciones pueden optar por dos caminos.
El primero consiste en responder mediante prohibiciones generales cada vez que aparece un problema.
El segundo pasa por reconocer esa realidad, dotarse de mejores herramientas de gesti贸n, crear infraestructuras adecuadas, perseguir 煤nicamente las conductas realmente infractoras y garantizar que quienes utilizan correctamente el espacio p煤blico puedan seguir haci茅ndolo con normalidad.
Personalmente, creo que la experiencia demuestra cu谩l de los dos modelos ofrece mejores resultados.
Porque los problemas derivados del uso del espacio p煤blico rara vez se resuelven prohibiendo una forma de viajar.
Normalmente se resuelven gestionando la realidad con inteligencia, proporcionalidad y coherencia.
Pedro Ansorena.



.png)