Si hoy intento entender de dónde nace esa ilusión por viajar, para llegar al origen de la motivación tengo que mirar muy atras, hacia la niñez.
Como muchas otras personas de mi tiempo, nací en 1949, en plena posguerra. En una España en la que la mayoría de las familias teníamos muchas carencias y otras preocupaciones mucho más inmediatas, en la que viajar no formaba parte de la vida. Ni siquiera de los planes.
El mundo y la vida de las personas se movía de otra manera. Las vacaciones, tal y como hoy las entendemos, para la gran mayoría de las personas prácticamente no existían. La gente vivía, trabajaba… y seguía adelante como podía.
Pero en mi caso ocurrió algo que, con el tiempo, he entendido que pudo ser decisivo para el resto de mi vida.
Nací y crecí en la villa cántabra de Santillana del Mar. Una villa que en aquellos años, para la clase pudiente de España y más allá, por su historico casco monumental, su colegiata románica y su entorno, ligado además a la cercana cueva de Altamira, denominada como "la capilla sixtina del arte paleolítico", Patrimonio de la Humanidad. Este núcleo ya despertaba interés.
Como consecuencia de su singular belleza, con el tiempo se convertiría en uno de los grandes referentes turísticos del norte de España.
Pero entonces, para nosotros Santillana, no era eso. Era simplemente nuestro pueblo, el pueblo en donde nos criamos y fuimos dando nuestros primeros pasos.
La vida era sencilla. Había carencias, como en casi todos los lugares de aquella España. Pero también había algo que hoy resulta difícil de explicar: la calle era nuestra.
Jugábamos en ella, corríamos por sus rincones, vivíamos sin demasiadas preocupaciones. Las piedras de aquellas calles que hoy admiran los visitantes eran, para nosotros, el suelo de nuestros juegos.
Y poco a poco, empezó a ocurrir algo distinto a lo que ocurría en los pueblos de alrededor y en muchas otras partes.
Recuerdo la llegada al Parador Nacional, Gil Blas, de los primeros turistas. No eran muchos, pero llamaban la atención.
- Coches diferentes
- Matrículas extranjeras
- Formas de vestir distintas
- Idiomas que no entendíamos
También llegaban universitarios, veraneantes… y aquellos “señores” que venían en verano con sus familias. Y con sus sirvientes.
Aquello marcaba una diferencia evidente. Había dos mundos conviviendo en el mismo espacio.
Nosotros, unos niños curiosos, mirábamos. Sin entender del todo lo que estábamos viendo, pero sabiendo que aquello era diferente.
Porque en una España donde viajar no formaba parte de la vida, ver llegar a otros desde lejos despertaba algo. No sabías muy bien qué. Pero se quedaba dentro.
Con el tiempo he comprendido que aquello fue en mi vida más importante de lo que parecía. Supuso el despertar la imaginación y soñar hacia lo desconocido o lo lejano.
Porque cuando creces en un lugar donde la gente llega desde lejos, inevitablemente te haces una pregunta:
¿qué habrá más allá?
Y quizá sin saberlo entonces, en aquellas calles de Santillana, viendo llegar el mundo a nosotros, empezó todo.
Pedro Ansorena.

