Cuando la protesta ocupa la carretera.
La reciente manifestación de autocaravanas celebrada en Tenerife, al igual que otras convocadas en distintos puntos, ha contado con una participación notable con una presencia y repercusión mediatica evidente.
Cuando un colectivo decide salir a la calle para hacerse ver y notar, la participación es un factor clave. Desde ese punto de vista, la movilización puede considerarse un éxito. Vaya por delante, por tanto, el reconocimiento a quienes la han hecho posible.
Los mensajes lanzados han sido claros: el colectivo reivindica ser escuchado y respetado.
Sin embargo, una vez finalizada la movilización, surge inevitablemente una pregunta que considero esencial:
¿y ahora qué?
Más allá de la movilización.
Las manifestaciones son una herramienta legítima. Forman parte de los mecanismos de participación de los ciudadanos.
Pero su verdadera eficacia no se mide por el número de vehículos participantes ni por la repercusión en los medios, sino por su capacidad para generar consecuencias reales.
Y esas consecuencias, si se pretenden obtener, pasan necesariamente por algo concreto:
- interlocución
- negociación
- y resultados
El riesgo de quedarse en la superficie.
Aunque la exposición pública ha sido notable y, desde ese punto de vista, el objetivo se ha cumplido, si tras la movilización no existe una vía clara de diálogo con las administraciones, el riesgo es evidente:
que la manifestación quede reducida a un acto puntual, con un impacto mediático limitado en el tiempo.
En ese caso, el esfuerzo realizado por quienes participan puede diluirse rápidamente, sin continuidad ni efectos prácticos.
La pregunta clave.
Más allá del éxito de participación o visibilidad, la cuestión de fondo sigue siendo la misma, si se pretende obtener resultados más allá de la exposición pública:
- ¿Existe una estrategia posterior a la manifestación?
- ¿Hay interlocutores definidos?
- ¿Se ha abierto alguna vía de negociación?
- ¿Se han planteado objetivos concretos?
Deseo sinceramente que así sea. Pero para que lo sea, es necesario que exista una continuidad real más allá de la movilización.
Una reflexión necesaria.
No se trata de cuestionar la legitimidad de la movilización. Se trata de analizar su utilidad.
Porque, como ya he señalado en otras ocasiones, el verdadero valor de una manifestación no está en el momento en que se celebra, sino en lo que ocurre después.
En el caso del archipiélago canario, además, conviene tener presente que, aunque comparte elementos comunes con otros territorios, la realidad presenta características propias que requieren un enfoque específico.
(Ver: El autocaravanismo en Canarias: más allá de una regulación)
Un problema que va más allá de Canarias.
Situaciones como la que se está produciendo en Canarias no son un caso aislado.
En otros territorios, como se refleja en recientes informaciones sobre la provincia de Cádiz, el aumento del uso de autocaravanas está generando también dificultades a los ayuntamientos, que en muchos casos oscilan entre la permisividad, el vacío normativo o la sanción como única respuesta.
Este tipo de reacciones pone de manifiesto que, ante la falta de una estrategia clara y de una interlocución eficaz, la respuesta administrativa tiende a ser defensiva, más orientada a limitar que a ordenar.
La opinión pública: un factor determinante.
Tras la manifestación, más allá de las imágenes y las declaraciones, hay un elemento que conviene analizar con detenimiento: la reacción de la ciudadanía.
No debemos olvidar que ejercemos una actividad de ocio, y como tal somos percibidos por una parte importante de la sociedad.
Los comentarios en prensa y redes sociales ofrecen una visión directa de cómo se percibe este tipo de movilizaciones. No tanto los comentarios de quienes formamos parte del colectivo, sino los de quienes nos observan desde fuera.
Y esa percepción, nos guste o no, forma parte del contexto en el que nuestros responsables públicos toman decisiones que afectan al autocaravanismo. Ignorarla sería un error.
Entre los comentarios aparecidos en medios y redes sociales tras la manifestación, hay uno que, más allá del tono, refleja con bastante claridad el contexto en el que nos movemos.
No habla de rechazo específico al autocaravanismo, sino de algo más amplio: la saturación turística.
Viviendas destinadas al turismo, llegada masiva de cruceros, presión sobre los espacios públicos… y, dentro de ese escenario, también la presencia de autocaravanas.
La cuestión de fondo no parece ser tanto quiénes somos o qué hacemos, sino cómo se percibe el uso del espacio en un entorno cada vez más tensionado.
Y esa percepción, nos guste o no, condiciona la respuesta social y administrativa.
Una semana después.
Transcurrida una semana desde la manifestación, comienzan a observarse algunos movimientos por parte de los convocantes.
Se han realizado gestiones ante distintas administraciones, así como reuniones con representantes políticos y otros actores vinculados al sector turístico, como Ashotel.
Esta última reunión puede estar motivada por la complejidad del escenario canario, que, a diferencia de otros territorios, exige tener en cuenta a los gestores de intereses turísticos.
Estos pasos indican que la movilización no se ha quedado en sí misma y que existe una voluntad de dar continuidad a las reivindicaciones.
Sin embargo, a día de hoy, no se aprecian todavía resultados concretos ni la apertura de un proceso claro de interlocución institucional.
Habrá que ver si estos primeros movimientos se consolidan en una estrategia capaz de generar avances reales, que es, en definitiva, donde se mide la eficacia de este tipo de iniciativas.
Conclusión:
El día después de una manifestación es, en realidad, el momento más importante.
Y eso es lo que, con el paso de los días, terminará dando la respuesta.
Pedro Ansorena.


