viernes, 1 de mayo de 2026

El día después: ¿y ahora qué?.

           Cuando la protesta ocupa la carretera.

La reciente manifestación de autocaravanas celebrada en Tenerife, al igual que otras convocadas en distintos puntos, ha contado con una participación notable con una presencia y repercusión mediatica evidente.

Cuando un colectivo decide salir a la calle para hacerse ver y notar, la participación es un factor clave. Desde ese punto de vista, la movilización puede considerarse un éxito. Vaya por delante, por tanto, el reconocimiento a quienes la han hecho posible.

Los mensajes lanzados han sido claros: el colectivo reivindica ser escuchado y respetado.

Sin embargo, una vez finalizada la movilización, surge inevitablemente una pregunta que considero esencial:

¿y ahora qué?

Más allá de la movilización.

Las manifestaciones son una herramienta legítima. Forman parte de los mecanismos de participación de los ciudadanos.

Pero su verdadera eficacia no se mide por el número de vehículos participantes ni por la repercusión en los medios, sino por su capacidad para generar consecuencias reales.

Y esas consecuencias, si se pretenden obtener, pasan necesariamente por algo concreto:

  • interlocución
  • negociación
  • y resultados

El riesgo de quedarse en la superficie.

Aunque la exposición pública ha sido notable y, desde ese punto de vista, el objetivo se ha cumplido, si tras la movilización no existe una vía clara de diálogo con las administraciones, el riesgo es evidente:

que la manifestación quede reducida a un acto puntual, con un impacto mediático limitado en el tiempo.

En ese caso, el esfuerzo realizado por quienes participan puede diluirse rápidamente, sin continuidad ni efectos prácticos.

La pregunta clave.

Más allá del éxito de participación o visibilidad, la cuestión de fondo sigue siendo la misma, si se pretende obtener resultados más allá de la exposición pública:

  • ¿Existe una estrategia posterior a la manifestación?
  • ¿Hay interlocutores definidos?
  • ¿Se ha abierto alguna vía de negociación?
  • ¿Se han planteado objetivos concretos?

Deseo sinceramente que así sea. Pero para que lo sea, es necesario que exista una continuidad real más allá de la movilización.

Una reflexión necesaria.

No se trata de cuestionar la legitimidad de la movilización. Se trata de analizar su utilidad.

Porque, como ya he señalado en otras ocasiones, el verdadero valor de una manifestación no está en el momento en que se celebra, sino en lo que ocurre después.

En el caso del archipiélago canario, además, conviene tener presente que, aunque comparte elementos comunes con otros territorios, la realidad presenta características propias que requieren un enfoque específico.

(Ver: El autocaravanismo en Canarias: más allá de una regulación)

Un problema que va más allá de Canarias.

Situaciones como la que se está produciendo en Canarias no son un caso aislado.

En otros territorios, como se refleja en recientes informaciones sobre la provincia de Cádiz, el aumento del uso de autocaravanas está generando también dificultades a los ayuntamientos, que en muchos casos oscilan entre la permisividad, el vacío normativo o la sanción como única respuesta.

Ver noticia de Cadiz.

Este tipo de reacciones pone de manifiesto que, ante la falta de una estrategia clara y de una interlocución eficaz, la respuesta administrativa tiende a ser defensiva, más orientada a limitar que a ordenar.

La opinión pública: un factor determinante.

Tras la manifestación, más allá de las imágenes y las declaraciones, hay un elemento que conviene analizar con detenimiento: la reacción de la ciudadanía.

No debemos olvidar que ejercemos una actividad de ocio, y como tal somos percibidos por una parte importante de la sociedad.

Los comentarios en prensa y redes sociales ofrecen una visión directa de cómo se percibe este tipo de movilizaciones. No tanto los comentarios de quienes formamos parte del colectivo, sino los de quienes nos observan desde fuera.

Y esa percepción, nos guste o no, forma parte del contexto en el que nuestros responsables públicos toman decisiones que afectan al autocaravanismo. Ignorarla sería un error.

Entre los comentarios aparecidos en medios y redes sociales tras la manifestación, hay uno que, más allá del tono, refleja con bastante claridad el contexto en el que nos movemos.

No habla de rechazo específico al autocaravanismo, sino de algo más amplio: la saturación turística.

Viviendas destinadas al turismo, llegada masiva de cruceros, presión sobre los espacios públicos… y, dentro de ese escenario, también la presencia de autocaravanas.

La cuestión de fondo no parece ser tanto quiénes somos o qué hacemos, sino cómo se percibe el uso del espacio en un entorno cada vez más tensionado.

Y esa percepción, nos guste o no, condiciona la respuesta social y administrativa.

Una semana después.

Transcurrida una semana desde la manifestación, comienzan a observarse algunos movimientos por parte de los convocantes.

Se han realizado gestiones ante distintas administraciones, así como reuniones con representantes políticos y otros actores vinculados al sector turístico, como Ashotel.

Esta última reunión puede estar motivada por la complejidad del escenario canario, que, a diferencia de otros territorios, exige tener en cuenta a los gestores de intereses turísticos.

Estos pasos indican que la movilización no se ha quedado en sí misma y que existe una voluntad de dar continuidad a las reivindicaciones.

Sin embargo, a día de hoy, no se aprecian todavía resultados concretos ni la apertura de un proceso claro de interlocución institucional.

Habrá que ver si estos primeros movimientos se consolidan en una estrategia capaz de generar avances reales, que es, en definitiva, donde se mide la eficacia de este tipo de iniciativas.

Conclusión:

El día después de una manifestación es, en realidad, el momento más importante.

Es ahí donde se comprueba si ha sido el inicio de un proceso…
o simplemente un acto sin continuidad.

Y eso es lo que, con el paso de los días, terminará dando la respuesta.

Pedro Ansorena.

jueves, 30 de abril de 2026

Cuando el problema no es la falta de normas, sino su incumplimiento.

 

Cuando la señal sustituye al criterio jurídico.

En los últimos días han vuelto a aparecer en los medios informaciones que reflejan la preocupación de algunos ayuntamientos ante el aumento del turismo en autocaravana.

Uno de esos ejemplos lo encontramos en esta noticia:

Los ayuntamientos de Cádiz buscan poner freno al auge de las autocaravanas

No es algo nuevo. Ya lo hemos visto antes. Y, probablemente, lo seguiremos viendo.

El relato suele repetirse:

  • crecimiento del número de autocaravanas;
  • saturación de determinados espacios;
  • conflictos de convivencia;
  • y, como consecuencia, la necesidad de “regular” o “poner freno”.

A primera vista, el diagnóstico parece razonable. Pero si se analiza con un poco más de profundidad, surge una pregunta inevitable:

¿De verdad el problema es la falta de normativa?

Un error de diagnóstico.

Existe una idea bastante extendida —también en algunos medios de comunicación— de que el autocaravanismo en España se mueve en un vacío legal.

Nada más lejos de la realidad.

España dispone de un conjunto de herramientas jurídicas que, sin ser perfectas, permiten abordar esta actividad con criterios claros:

  • Cinco iniciativas parlamentarias aprobadas en las Cortes Generales;
  • Desarrollo técnico desde la Dirección General de Tráfico, grupo de trabajo GT 53;
  • Tres instrucciones específicas que interpretan y aclaran la normativa;
  • Y un marco general dentro del Reglamento General de Circulación.

Es decir:

la legislación existe.

Lo que ya está definido.

Desde hace años, uno de los aspectos fundamentales está suficientemente delimitado desde el punto de vista jurídico:

la diferencia entre estacionar y acampar.

Una autocaravana, como vehículo, puede circular, parar y estacionar en las mismas condiciones que cualquier otro vehículo, siempre que no supere sus límites físicos ni incumpla las normas generales de tráfico.

Otra cosa distinta es la acampada, que implica:

  • ocupación de espacio exterior;
  • despliegue de elementos;
  • o un uso que excede el simple estacionamiento.

Y esa sí puede ser objeto de regulación específica.

Esta distinción no es menor. Es, en realidad, la base de todo el problema.

Dónde está el verdadero fallo.

Si la base normativa existe y los conceptos están definidos, ¿por qué se repiten los conflictos?

La respuesta es incómoda, pero bastante evidente:

el problema no es la falta de normas, sino su interpretación y aplicación.

En la práctica, lo que encontramos es:

  • ordenanzas municipales que mezclan estacionamiento con acampada;
  • prohibiciones genéricas sin justificación técnica suficiente;
  • señalización restrictiva sin una base jurídica clara;
  • y una aplicación desigual según el municipio.

Y, sobre todo, falta de traslado efectivo de los criterios existentes a quienes deben aplicarlos.

Esto genera una situación paradójica:

lo que es legal en un municipio puede ser sancionado en el siguiente.

La consecuencia: inseguridad jurídica.

Esta falta de coherencia tiene efectos claros:

  • inseguridad para el usuario;
  • conflictos innecesarios;
  • deterioro de la convivencia;
  • y una imagen distorsionada del autocaravanismo.

Pero también tiene otra consecuencia más profunda:

debilita la confianza en el propio sistema normativo.

Porque cuando las normas existen pero no se aplican correctamente, el problema deja de ser técnico para convertirse en estructural.

Una respuesta equivocada.

Ante esta situación, muchos ayuntamientos optan por una vía rápida:

prohibir.

Aparecen entonces limitaciones de estacionamiento, restricciones generalizadas o medidas preventivas sin un análisis previo suficiente.

Son decisiones comprensibles desde la presión que reciben algunos municipios, pero no necesariamente correctas desde el punto de vista jurídico ni eficaces a medio plazo.

Porque actuar sin diferenciar entre uso indebido y uso legítimo solo contribuye a agravar el problema.

La clave no está en legislar más.

Llegados a este punto, conviene plantear una reflexión clara:

España no necesita más normas sobre autocaravanas. Necesita aplicar correctamente las que ya existen.

Eso implica:

  • respetar la jerarquía normativa;
  • diferenciar con precisión los conceptos;
  • exigir motivación técnica en cada restricción;
  • y trasladar criterios claros a todos los niveles de la administración.

Reflexión final.

El autocaravanismo no es un fenómeno nuevo, ni tampoco un problema en sí mismo.

Es, simplemente, una forma de viajar.

Como cualquier otra, requiere normas. Pero sobre todo requiere algo más básico:

coherencia en su aplicación.

Porque cuando las reglas existen pero no se respetan, el problema no está en la actividad, sino en la forma de gestionarla.

miércoles, 22 de abril de 2026

Dónde empezó todo.

Si hoy intento entender de dónde nace esa ilusión por viajar, para  llegar al origen de la motivación tengo que mirar muy atras, hacia la niñez.

Como muchas otras personas de mi tiempo, nací en 1949, en plena posguerra. En una España en la que la mayoría de las familias teníamos muchas carencias y otras preocupaciones mucho más inmediatas, en la que viajar no formaba parte de la vida. Ni siquiera de los planes.

El mundo y la vida de las personas se movía de otra manera. Las vacaciones, tal y como hoy las entendemos, para la gran mayoría de las personas prácticamente no existían. La gente vivía, trabajaba… y seguía adelante como podía.

Pero en mi caso ocurrió algo que, con el tiempo, he entendido que pudo ser decisivo para el resto de mi vida.

Nací y crecí en la villa cántabra de Santillana del Mar. Una villa que en aquellos años, para la clase pudiente de España y más allá, por su historico casco monumental, su colegiata románica y su entorno, ligado además a la cercana cueva de Altamira, denominada como "la capilla sixtina del arte paleolítico", Patrimonio de la Humanidad. Este núcleo ya despertaba interés.

Como consecuencia de su singular belleza,  con el tiempo se convertiría en uno de los grandes referentes turísticos del norte de España.

Pero entonces, para nosotros Santillana, no era eso. Era simplemente nuestro pueblo, el pueblo en donde nos criamos y fuimos dando nuestros primeros pasos.

La vida era sencilla. Había carencias, como en casi todos los lugares de aquella España. Pero también había algo que hoy resulta difícil de explicar: la calle era nuestra.

Jugábamos en ella, corríamos por sus rincones, vivíamos sin demasiadas preocupaciones. Las piedras de aquellas calles que hoy admiran los visitantes eran, para nosotros, el suelo de nuestros juegos.

Y poco a poco, empezó a ocurrir algo distinto a lo que ocurría en los pueblos de alrededor y en muchas otras partes.

Recuerdo la llegada al Parador Nacional, Gil Blas, de los primeros turistas. No eran muchos, pero llamaban la atención.

  • Coches diferentes
  • Matrículas extranjeras
  • Formas de vestir distintas
  • Idiomas que no entendíamos

También llegaban universitarios, veraneantes… y aquellos “señores” que venían en verano con sus familias. Y con sus sirvientes.

Aquello marcaba una diferencia evidente. Había dos mundos conviviendo en el mismo espacio.

El nuestro…
y el que llegaba de fuera.

Nosotros, unos niños curiosos, mirábamos. Sin entender del todo lo que estábamos viendo, pero sabiendo que aquello era diferente.

Porque en una España donde viajar no formaba parte de la vida, ver llegar a otros desde lejos despertaba algo. No sabías muy bien qué. Pero se quedaba dentro.

Con el tiempo he comprendido que aquello fue en mi vida más importante de lo que parecía. Supuso el despertar la imaginación y soñar hacia lo desconocido o lo lejano.

Porque cuando creces en un lugar donde la gente llega desde lejos, inevitablemente te haces una pregunta:

¿qué habrá más allá?

Y quizá sin saberlo entonces, en aquellas calles de Santillana, viendo llegar el mundo a nosotros, empezó todo.


Para quien quiera conocer con más detalle aquellos recuerdos, hace años escribí este artículo:

Pedro Ansorena.

martes, 21 de abril de 2026

Cuando el mundo era otro.

Viajar en los años 70 no tenía nada que ver con lo que conocemos hoy.

No había internet, ni navegadores, ni teléfonos móviles, ni traductores automáticos, ni las comunicaciones de hoy.
Solo había mapas, intuición —o instinto natural— e ilusión por viajar.

El mundo era más grande… y también más incierto.

A mí me tocó vivirlo desde la mar y desde sus puertos y ciudades.

Durante mis 19 años en la marina mercante, recorrí lugares muy distintos entre sí, en una época en la que el viaje tenía otro ritmo y otra forma de vivirse.

Desde los puertos y ciudades europeas con yacimientos arqueológicos como Pompeya, Herculano o Agrigento, hasta la caldera del Ngorongoro en Tanzania o la península del Yucatán.
Del desierto del Sinaí o las pirámides de Egipto al Serengeti en Kenia.

Pero no todo eran paisajes.

La vida de trabajo en el mar es una vida dura y arriesgada que se desarrolla en medio de un ir y venir de una parte a la otra con una convivencia complicada, pero que en el fondo si te gusta lo que haces merece la pena vivirla.

En aquellos viajes y escenarios, también mis ojos vieron y vivieron momentos complejos.

La descolonización portuguesa en Mozambique, en puertos como Lourenço Marques, Nacala o Beira, donde muchos portugueses, después de haber sido despojados de sus tierras y casas, esperaban para regresar a Lisboa mientras veían arder sus pertenencias en los muelles.

El revuelo que provocó la  explosión de una bomba en la embajada española de Lisboa, cuando me encontraba en el puerto de la capital portuguesa.

El apartheid en Durban y Ciudad del Cabo, donde la segregación racial percibí por todas partes ya que formaba parte de la vida cotidiana.

En África occidental, los escenarios del río Bonny, en lo que fue la desaparecida Biafra, y los relatos y secuelas de quienes habían sufrido aquella guerra.

O las hambrunas que se vivían en zonas de Sudán, Somalia o Etiopía.

Recuerdo especialmente la reapertura del Canal de Suez tras años cerrado.
Cruzarlo de nuevo no era solo una ruta marítima: era la sensación de que algo importante cambiaba en el mundo.

También me alcanzaron acontecimientos históricos.

La muerte de Mao Zedong en Shanghái, donde vi a personas llorar su pérdida.
Y, desde la distancia, la muerte de Francisco Franco y el inicio de una nueva etapa en España.

Eran tiempos en los que la información no llegaba al instante.

La seguíamos, cuando podíamos, a través de la onda corta de Radio Exterior de España.
O simplemente no llegaba.

La comunicación con la familia era lenta y complicada.

Las cartas tardaban semanas o meses en recibirlas cuando atracamos en algun puerto, vete tú a saber en donde.
Las llamadas desde el barco, a través de estaciones costeras y la radio marítima, eran caras, difíciles e incómodas con el paso a paso.

El mundo se vivía de otra manera.

También conocí los astilleros de Mitsubishi en Nagasaki, en proximidad de la desolación dejada por la bomba atómica, los lejanos puertos de Australia como Sydney o Melbourne, los grandes lagos de Canadá, Vancouver o la bahía de Hudson, el canal de Panamá o el cabo de Hornos.

Recorrí buena parte del continente americano, con lugares como Nueva York, el río Misisipi o el Orinoco hasta Puerto Ordaz, así como el Paraná y ciudades como Santos, Buenos Aires, Montevideo o Santiago de Chile.

También los complejos escenarios de Oriente Medio y el Golfo Pérsico, con el estrecho de Ormuz, Dubai y Catar.

Irán, en tiempos del Sha, con puertos como Bandar Shapur o Abadán, en los paisajes de las desembocaduras de los ríos Tigris, Éufrates y los escenarios de la antigua Mesopotamia. Todo ello formó parte de ese recorrido.

La quema de cadaveres en las orillas del río Ganges en el delta de Bangladés.

Incluso viví de cerca los bombardeos en Libia, cuyos estruendos se escuchaban desde puertos como Bengasi o la terminal petrolera de Es Sider, en el golfo de Sidra .

Todo aquello ocurrió en un mundo muy distinto al actual.

Un mundo en el que los acontecimientos no se seguían en una pantalla. Se vivían.

A veces sin entenderlos del todo, pero formando parte de ellos.

Y con el paso del tiempo, uno comprende que esas experiencias no solo fueron viajes.

Fueron parte de una forma de mirar el mundo que ya nunca te abandona.

Y quizá por eso, cuando años después llegó la autocaravana a nuestra vida, no la vivimos como un medio más de viajar.
La vivimos como la forma más natural de seguir haciéndolo.

Pedro Ansorena.