miércoles, 22 de abril de 2026

Dónde empezó todo.

Si hoy intento entender de dónde nace esa ilusión por viajar, para  llegar al origen de la motivación tengo que mirar muy atras, hacia la niñez.

Como muchas otras personas de mi tiempo, nací en 1949, en plena posguerra. En una España en la que la mayoría de las familias teníamos muchas carencias y otras preocupaciones mucho más inmediatas, en la que viajar no formaba parte de la vida. Ni siquiera de los planes.

El mundo y la vida de las personas se movía de otra manera. Las vacaciones, tal y como hoy las entendemos, para la gran mayoría de las personas prácticamente no existían. La gente vivía, trabajaba… y seguía adelante como podía.

Pero en mi caso ocurrió algo que, con el tiempo, he entendido que pudo ser decisivo para el resto de mi vida.

Nací y crecí en la villa cántabra de Santillana del Mar. Una villa que en aquellos años, para la clase pudiente de España y más allá, por su historico casco monumental, su colegiata románica y su entorno, ligado además a la cercana cueva de Altamira, denominada como "la capilla sixtina del arte paleolítico", Patrimonio de la Humanidad. Este núcleo ya despertaba interés.

Como consecuencia de su singular belleza,  con el tiempo se convertiría en uno de los grandes referentes turísticos del norte de España.

Pero entonces, para nosotros Santillana, no era eso. Era simplemente nuestro pueblo, el pueblo en donde nos criamos y fuimos dando nuestros primeros pasos.

La vida era sencilla. Había carencias, como en casi todos los lugares de aquella España. Pero también había algo que hoy resulta difícil de explicar: la calle era nuestra.

Jugábamos en ella, corríamos por sus rincones, vivíamos sin demasiadas preocupaciones. Las piedras de aquellas calles que hoy admiran los visitantes eran, para nosotros, el suelo de nuestros juegos.

Y poco a poco, empezó a ocurrir algo distinto a lo que ocurría en los pueblos de alrededor y en muchas otras partes.

Recuerdo la llegada al Parador Nacional, Gil Blas, de los primeros turistas. No eran muchos, pero llamaban la atención.

  • Coches diferentes
  • Matrículas extranjeras
  • Formas de vestir distintas
  • Idiomas que no entendíamos

También llegaban universitarios, veraneantes… y aquellos “señores” que venían en verano con sus familias. Y con sus sirvientes.

Aquello marcaba una diferencia evidente. Había dos mundos conviviendo en el mismo espacio.

El nuestro…
y el que llegaba de fuera.

Nosotros, unos niños curiosos, mirábamos. Sin entender del todo lo que estábamos viendo, pero sabiendo que aquello era diferente.

Porque en una España donde viajar no formaba parte de la vida, ver llegar a otros desde lejos despertaba algo. No sabías muy bien qué. Pero se quedaba dentro.

Con el tiempo he comprendido que aquello fue en mi vida más importante de lo que parecía. Supuso el despertar la imaginación y soñar hacia lo desconocido o lo lejano.

Porque cuando creces en un lugar donde la gente llega desde lejos, inevitablemente te haces una pregunta:

¿qué habrá más allá?

Y quizá sin saberlo entonces, en aquellas calles de Santillana, viendo llegar el mundo a nosotros, empezó todo.


Para quien quiera conocer con más detalle aquellos recuerdos, hace años escribí este artículo:

Pedro Ansorena.

martes, 21 de abril de 2026

Cuando el mundo era otro.

Viajar en los años 70 no tenía nada que ver con lo que conocemos hoy.

No había internet, ni navegadores, ni teléfonos móviles, ni traductores automáticos, ni las comunicaciones de hoy.
Solo había mapas, intuición —o instinto natural— e ilusión por viajar.

El mundo era más grande… y también más incierto.

A mí me tocó vivirlo desde la mar y desde sus puertos y ciudades.

Durante mis 19 años en la marina mercante, recorrí lugares muy distintos entre sí, en una época en la que el viaje tenía otro ritmo y otra forma de vivirse.

Desde los puertos y ciudades europeas con yacimientos arqueológicos como Pompeya, Herculano o Agrigento, hasta la caldera del Ngorongoro en Tanzania o la península del Yucatán.
Del desierto del Sinaí o las pirámides de Egipto al Serengeti en Kenia.

Pero no todo eran paisajes.

La vida de trabajo en el mar es una vida dura y arriesgada que se desarrolla en medio de un ir y venir de una parte a la otra con una convivencia complicada, pero que en el fondo si te gusta lo que haces merece la pena vivirla.

En aquellos viajes y escenarios, también mis ojos vieron y vivieron momentos complejos.

La descolonización portuguesa en Mozambique, en puertos como Lourenço Marques, Nacala o Beira, donde muchos portugueses, después de haber sido despojados de sus tierras y casas, esperaban para regresar a Lisboa mientras veían arder sus pertenencias en los muelles.

El revuelo que provocó la  explosión de una bomba en la embajada española de Lisboa, cuando me encontraba en el puerto de la capital portuguesa.

El apartheid en Durban y Ciudad del Cabo, donde la segregación racial percibí por todas partes ya que formaba parte de la vida cotidiana.

En África occidental, los escenarios del río Bonny, en lo que fue la desaparecida Biafra, y los relatos y secuelas de quienes habían sufrido aquella guerra.

O las hambrunas que se vivían en zonas de Sudán, Somalia o Etiopía.

Recuerdo especialmente la reapertura del Canal de Suez tras años cerrado.
Cruzarlo de nuevo no era solo una ruta marítima: era la sensación de que algo importante cambiaba en el mundo.

También me alcanzaron acontecimientos históricos.

La muerte de Mao Zedong en Shanghái, donde vi a personas llorar su pérdida.
Y, desde la distancia, la muerte de Francisco Franco y el inicio de una nueva etapa en España.

Eran tiempos en los que la información no llegaba al instante.

La seguíamos, cuando podíamos, a través de la onda corta de Radio Exterior de España.
O simplemente no llegaba.

La comunicación con la familia era lenta y complicada.

Las cartas tardaban semanas o meses en recibirlas cuando atracamos en algun puerto, vete tú a saber en donde.
Las llamadas desde el barco, a través de estaciones costeras y la radio marítima, eran caras, difíciles e incómodas con el paso a paso.

El mundo se vivía de otra manera.

También conocí los astilleros de Mitsubishi en Nagasaki, en proximidad de la desolación dejada por la bomba atómica, los lejanos puertos de Australia como Sydney o Melbourne, los grandes lagos de Canadá, Vancouver o la bahía de Hudson, el canal de Panamá o el cabo de Hornos.

Recorrí buena parte del continente americano, con lugares como Nueva York, el río Misisipi o el Orinoco hasta Puerto Ordaz, así como el Paraná y ciudades como Santos, Buenos Aires, Montevideo o Santiago de Chile.

También los complejos escenarios de Oriente Medio y el Golfo Pérsico, con el estrecho de Ormuz, Dubai y Catar.

Irán, en tiempos del Sha, con puertos como Bandar Shapur o Abadán, en los paisajes de las desembocaduras de los ríos Tigris, Éufrates y los escenarios de la antigua Mesopotamia. Todo ello formó parte de ese recorrido.

La quema de cadaveres en las orillas del río Ganges en el delta de Bangladés.

Incluso viví de cerca los bombardeos en Libia, cuyos estruendos se escuchaban desde puertos como Bengasi o la terminal petrolera de Es Sider, en el golfo de Sidra .

Todo aquello ocurrió en un mundo muy distinto al actual.

Un mundo en el que los acontecimientos no se seguían en una pantalla. Se vivían.

A veces sin entenderlos del todo, pero formando parte de ellos.

Y con el paso del tiempo, uno comprende que esas experiencias no solo fueron viajes.

Fueron parte de una forma de mirar el mundo que ya nunca te abandona.

Y quizá por eso, cuando años después llegó la autocaravana a nuestra vida, no la vivimos como un medio más de viajar.
La vivimos como la forma más natural de seguir haciéndolo.

Pedro Ansorena.

lunes, 20 de abril de 2026

Viajar no es lo que hacemos, es lo que somos.

 


Uno de los mayores placeres de nuestra vida ha sido, y sigue siendo, viajar.

Senia y yo, desde que nos conocimos a comienzos de los años 80 —y en realidad desde antes—, hemos hecho del viaje una forma de vivir.

Pero mucho antes de conocernos, de iniciar una vida en comun y de que la autocaravana formara parte de ésta, hubo otra etapa también viajera.

Durante 19 años, en mi etapa en la marina mercante, el viaje ya era parte de mí.
Como marino, recorrí mares y océanos de los cinco continentes. Puertos, aeropuertos y ciudades formaban parte de mi día a día.
Y como suele decirse, de lo que se mama se aprende.

Aquella dura pero enriquecedora experiencia, sin saberlo entonces, fue construyendo una forma de mirar el mundo que me acompañaría siempre.

Más adelante, cuando Senia y yo nos conocimos, empezamos a compartir ese mismo impulso viajero.

Al principio lo hacíamos como la mayoría: agencias de viajes, avión y hotel.
También con nuestro propio coche y, en ocasiones, en tienda de campaña, utilizando campings o lugares de acampada en espacios naturales, especialmente en la montaña.

Ya en el verano de 1992 dimos un paso importante.
Con un Ford Fiesta y en tienda de campaña, en un viaje de unos 12.000 km, llegamos hasta el mítico Cabo Norte, en la Laponia noruega.

Fue un viaje que nos marcó profundamente y al que, con el paso de los años, hemos regresado en varias ocasiones por distintas rutas y con distintos medios.

En el año 2000 dimos otro paso más: compramos nuestra primera autocaravana.

Sin experiencia previa, nuestro primer viaje fue a Marruecos, en una ruta organizada.
Un viaje que nos fascinó y que, de alguna manera, marcó el inicio de una nueva etapa.

A partir de ahí, ya no paramos.

Más de 400.000 kilómetros después, seguimos en ello.
Los países nórdicos, Gran Bretaña e Irlanda, el centro y sur de Europa, Rusia, Grecia, Turquía, Rumanía, los países bálticos o incluso Islandia y las Islas Feroe han formado parte de nuestros destinos.

Con el paso del tiempo, y también con la edad —porque en esta vida todo pasa factura—, seguimos viajando, aunque de otra manera: más despacio, en rutas más cortas, pero con la misma ilusión.

Viajar en autocaravana ha sido, sin duda, la forma en la que más hemos disfrutado.
No solo por los destinos, sino porque el propio viaje se convierte en parte esencial de la experiencia.

Durante nuestra etapa laboral, los viajes estaban condicionados por el calendario, normalmente limitado al mes de vacaciones, en el que había que atender nuestras obligaciones laborales.
Había que planificar, ajustar tiempos y pensar en el regreso.

Pero con la jubilación llegó algo que valoramos especialmente: la libertad.

Nunca nos ha gustado atarnos a horarios ni a fechas.
Siempre hay un destino de referencia, pero en el día a día nos gusta descubrir; el camino lo vamos decidiendo sobre la marcha.

Muchas veces no sabemos dónde pasaremos la noche.
Depende del lugar, del momento, de lo que nos sugiera la ruta.

Y quizá ahí esté la clave.

Porque para nosotros, viajar nunca ha sido solo desplazarse de un sitio a otro.
Ha sido, y sigue siendo, una forma de entender la vida.

Nota:
Este relato continúa en el siguiente artículo: “Cuando el mundo era otro”.

Pedro Ansorena.

viernes, 17 de abril de 2026

Cuando la interlocución marca la diferencia.

Durante los años que he vivido el autocaravanismo reivindicativo en España, he podido comprobar que este ha recorrido un camino complejo en su relación con las administraciones públicas.

Un camino en el que muchas de las iniciativas o propuestas surgieron de forma espontánea y, en la mayoría de los casos, desde ámbitos regionales. Y si algo ha demostrado la experiencia acumulada, es que no todas las formas de interlocución han producido los mismos resultados.

Y ahí es donde conviene detenerse.

Más allá de la reivindicación.

En los primeros años, el enfoque predominante fue claramente reivindicativo y, en gran medida, de ámbito regional.

Era lógico.

Había que hacer visible de quienes éramos, a qué nos dedicamos y que era lo que queríamos y podíamos aportar.
Había que explicar en el entorno más próximo qué era una autocaravana y cuáles eran sus necesidades.

Aquella etapa cumplió su función.

Pero con el paso del tiempo, el escenario ha cambiado, hoy cada vez somos más y nuestra presencia se nota por todas partes.

Hoy el problema, a nivel general, ya no es de total desconocimiento.
Es, en gran medida, de interpretación, aplicación normativa y encaje competencial.

Y eso requiere otro tipo de respuesta.

La clave: entender el terreno.

Uno de los errores más habituales que en la relación con la Administración hemos cometido, es intentar abordar todos los problemas que presenta la práctica del autocaravanismo, vehículo y actividad, al mismo tiempo, desde todos los ámbitos, sin unión colectiva, cada uno a lo suyo y por separado..

En una reciente reunion telematica con el  responsable de la Subdirección de Normativa de la DGT, esto quedó especialmente claro.

La realidad administrativa es mucho más concreta de lo que, en un principio, podríamos pensar:

  • Cada órgano tiene sus competencias.
  • Cada norma tiene su alcance.
  • Cada decisión responde a un equilibrio institucional determinado.

Cuando no se entiende ese marco, la interlocución no solo pierde enfoque, también pierde eficacia. Porque no se le pueden pedir responsabilidades a quien no las tiene.

Pero cuando esto se entiende, todo cambia.

Del discurso general a la propuesta concreta.

La experiencia demuestra que la interlocución más eficaz no es la que plantea grandes reivindicaciones genéricas, sino la que se apoya en:

  • Problemas concretos.
  • Casuística real.
  • Propuestas técnicamente viables.
  • Respeto al marco competencial.

No se trata de rebajar el nivel de las reivindicaciones, se trata de actuar en aquellos ámbitos donde se tienen competencias para resolver nuestras demandas.

Se trata de hacerlas operativas.

Técnica frente a ruido.

En muchos ámbitos, la presión pública o la movilización pueden tener un efecto inmediato.

Pero en el terreno normativo, las reglas son distintas.

En la mayoría de los casos, las decisiones no se toman en función del volumen del ruido, sino de:

  • la consistencia técnica,
  • la viabilidad jurídica,
  • y la oportunidad institucional.

Por eso, en determinados momentos, la estrategia más eficaz no es elevar el tono, sino afinar el argumento.

La importancia del momento.

Otro elemento clave es el momento.

No todas las fases del proceso administrativo son iguales.

Como ya ocurrió en anteriores reformas del Reglamento General de Circulación, hay momentos para plantear cambios estructurales y otros en los que resulta más eficaz intervenir en aspectos concretos que sí están abiertos.

Saber distinguir unos de otros es fundamental.

Porque insistir en lo imposible puede acabar bloqueando lo posible.

Una reflexión necesaria.

Después de más de dos décadas de recorrido, quizá una de las lecciones más claras sea esta:

El avance no depende únicamente de tener razón.

Depende de:

  • entender el marco,
  • elegir el momento,
  • y utilizar el canal adecuado.

Mirando hacia adelante.

Sin duda, desde los inicios de la reivindicación a principios de los años 2000, el autocaravanismo ha evolucionado. Pero al mismo tiempo las administraciones también. Aquí nada está parado, todo se mueve al ritmo y necesidades del tiempo.

Ayer no es igual que hoy, ni lo será mañana.

Y el reto ahora no es volver a empezar.

El reto es dar un paso más en la forma de relacionarnos con el sistema.

Un paso que no pasa por hacer más,
sino por hacerlo mejor.

Para ello es fundamental, tanto en los aciertos como en los errores, tomar nota, tener presente el camino recorrido y la visión de futuro.

Pedro Ansorena.