sábado, 15 de agosto de 2026

Cuando se juzga el vehículo antes que la conducta: el rechazo que denuncia David Cantero.

 

Dos épocas, dos formas de señalar un mismo vehículo. A la izquierda, una señal utilizada en Santander a comienzos de los años 2000, donde la autocaravana aparecía expresamente vinculada a la prohibición y a su retirada por la grúa. A la derecha, una señal actual. Más de veinte años después, sigue siendo necesario preguntarse si determinadas restricciones responden realmente a la conducta de quien utiliza el vehículo o, simplemente, al hecho de ser una autocaravana.

Una reflexión sobre cómo se construye la imagen social del autocaravanismo

Hay frases que resumen en pocas palabras problemas que llevamos años intentando explicar.

Hace unos días, el periodista David Cantero, conocido por su larga trayectoria profesional en televisión y también autocaravanista desde hace más de veinte años, expresaba públicamente su malestar por las dificultades que encuentra para viajar en autocaravana.

En una información publicada por Diez Minutos el 14 de agosto de 2026, Cantero hablaba del creciente rechazo que percibe hacia quienes hemos elegido esta forma de viajar.

Entrevista publicada en Diez Minutos

No habla alguien que acaba de descubrir el mundo de la autocaravana. Habla una persona que lleva más de veinte años recorriendo carreteras con su familia y que, por tanto, puede comparar cómo era viajar entonces y cómo es hacerlo ahora.

Pero al compartir la noticia en Facebook encontré entre los comentarios uno de Judith Guitarte que, en mi opinión, señalaba con enorme claridad el fondo del problema:

«El rechazo no suele venir por lo que haces, sino por lo que algunos creen que eres. Se juzga el vehículo antes que la conducta.»

Creo que ahí está buena parte de lo que nos está sucediendo.

¿Qué ha hecho esa autocaravana?

Cuando un vehículo obstaculiza el tráfico, estaciona incorrectamente, vierte residuos, genera ruidos o incumple cualquier otra norma, debe actuar la autoridad.

Exactamente igual que con cualquier otro ciudadano.

El problema comienza cuando dejamos de observar la conducta y empezamos a juzgar el vehículo.

Una autocaravana aparece estacionada y, antes de comprobar qué está haciendo, algunas personas ya consideran que existe un problema. Puede estar correctamente aparcada, sin mesas, sillas, toldos, ruidos ni ninguna otra conducta reprochable.

Pero es una autocaravana.

Y para algunos eso parece suficiente.

Lo vivo desde hace años prácticamente al lado de mi casa, en Santander. Una autocaravana estaciona en una calle y hay ciudadanos que llaman a la Policía Local convencidos de estar realizando una acción cívica al denunciar algo irregular.

Pero cabría hacer una pregunta muy sencilla:

¿Qué infracción ha cometido?

Quizá ninguna.

Su único problema puede ser que alguien considere que una autocaravana no debería estar allí.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Sería demasiado sencillo responsabilizar únicamente al ciudadano.

Las percepciones sociales se van construyendo durante años mediante experiencias, mensajes, noticias y también a través de las decisiones de las propias administraciones.

Santander constituye para mí un buen ejemplo porque lo tengo a la puerta de casa y llevo más de veinte años observando personalmente esa evolución.

A principios de los años 2000 podían encontrarse en diferentes calles y aparcamientos de la ciudad señales que prohibían expresamente el estacionamiento de autocaravanas.

Una de ellas estaba instalada en el aparcamiento del estadio del Sardinero.

Ver fotografía de la señal antigua del Sardinero

No había que interpretar nada. Debajo de la señal de prohibido estacionar aparecía claramente la palabra «Autocaravanas», acompañada de su correspondiente pictograma y la grúa municipal.

El mensaje para cualquier ciudadano era evidente:

las autocaravanas no deben estacionar aquí.

Con el paso de los años, aquellas señales —quizás porque su imagen hacía demasiado evidente a quién estaban señalando— fueron desapareciendo. Pero eso no significó necesariamente que desaparecieran las restricciones.

Cambió la forma de expresarlas.

De «prohibido autocaravanas» a «superior a 1,8 toneladas excepto turismos»

Aproximadamente desde la década de 2010 comenzó a extenderse en Santander otro modelo de señalización que todavía hoy puede verse en numerosos lugares:

«Prohibido estacionar vehículos superiores a 1,8 t, excepto turismos».

Ver fotografía de la señal de 1,8 toneladas

La palabra autocaravana había desaparecido. El efecto práctico, sin embargo, podía seguir siendo muy parecido: prácticamente cualquier autocaravana supera ampliamente las 1,8 toneladas.

Y entonces surge una pregunta que considero legítima:

¿Qué razón objetiva justifica limitar el estacionamiento a vehículos de 1,8 toneladas en lugares capaces de recibir vehículos considerablemente más pesados?

El aparcamiento del Sardinero resulta especialmente ilustrativo. Allí estacionan autobuses que transportan visitantes a la ciudad y cuyo peso es muy superior. En ese mismo entorno se celebran ferias y numerosos acontecimientos que requieren vehículos, instalaciones y estructuras de dimensiones y pesos considerablemente mayores.

Por eso merece la pena preguntarse si realmente cambió la política hacia las autocaravanas o si, en determinados lugares, cambió simplemente la forma de señalizarla.

Las señales también educan

Aquí llegamos a una cuestión que considero fundamental.

Una señal de tráfico no solamente regula. También transmite un mensaje.

Cuando durante años un ciudadano observa señales específicas contra las autocaravanas, gálibos que impiden su acceso, pictogramas que las relacionan con la acampada o restricciones que en la práctica dificultan su estacionamiento, acaba construyendo una determinada imagen de ese vehículo.

Ver ejemplo de señalización asociada a las autocaravanas

Autocaravana. Prohibición. Problema.

Tres conceptos que pueden terminar asociados.

¿Y después nos sorprende que alguien vea una autocaravana correctamente estacionada delante de su vivienda y llame a la Policía?

Quizá deberíamos preguntarnos también quién ha contribuido durante tantos años a construir esa percepción.

Las administraciones tienen una responsabilidad que va más allá de sancionar. También hacen pedagogía con sus decisiones.

Y cuando durante años se presenta directa o indirectamente a un determinado vehículo como un problema, no debería sorprendernos que una parte de la sociedad termine considerándolo como tal.

Sancionar conductas, no colectivos

Judith Guitarte lo expresaba también muy bien:

«En lugar de sancionar a quien ensucia, hace ruido o incumple la norma, con demasiada frecuencia se termina señalando a todo un colectivo responsable.»

Esa debería ser la clave.

No se trata de defender comportamientos incívicos. Quien incumple una norma, vierte residuos, ocupa espacios de manera abusiva o genera molestias debe responder individualmente por sus actos.

Pero su conducta no convierte en responsables a los miles de autocaravanistas que cumplen las normas.

Del mismo modo que nadie prohibiría estacionar a todos los turismos porque algunos conductores aparquen mal, tampoco parece razonable convertir el comportamiento incorrecto de algunos usuarios de autocaravanas en motivo para restringir indiscriminadamente a todos los demás.

La actuación administrativa debería dirigirse contra lo que hacemos, no contra el vehículo que utilizamos.

Cuando la excepción termina convirtiéndose en modelo

Durante años he observado este tipo de restricciones en Santander. Pero progresivamente he comenzado a encontrarlas también fuera de Cantabria.

Un ejemplo especialmente significativo lo encontramos en Llanes, Asturias, un municipio donde desde hace años las restricciones a las autocaravanas vienen siendo motivo de controversia. Allí también encontramos señalización específicamente dirigida a impedir o limitar su estacionamiento.

Ver fotografía de la señal de Llanes

No se trata solamente de una señal concreta o de un municipio determinado. Lo preocupante es comprobar cómo aparecen en distintos lugares limitaciones por tonelaje, altura o dimensiones, gálibos y otras fórmulas que, con distintas apariencias, producen efectos similares.

Cuando una fórmula restrictiva se normaliza y otros ayuntamientos comprueban que puede aplicarse sin demasiada oposición, existe el riesgo de que termine convirtiéndose en modelo.

Por eso esta cuestión ya no afecta solamente a Santander.

Una autocaravana no acampa por lo que es

Durante años hemos tenido que explicar una diferencia elemental:

estacionar no es lo mismo que acampar.

Una autocaravana correctamente estacionada no se convierte automáticamente en un elemento de acampada porque haya personas en su interior.

No acampa por ser autocaravana. En su caso, acampará por determinadas conductas externas que excedan del estacionamiento.

Y quizá haya llegado el momento de trasladar ese mismo principio a la percepción social:

una autocaravana tampoco debería considerarse problemática por lo que es, sino por lo que haga quien la utiliza.

El artículo 92.4: una oportunidad para cambiar la mirada

A partir del próximo 1 de octubre entrará en vigor el nuevo artículo 92.4 del Reglamento General de Circulación, que incorpora expresamente determinadas condiciones del estacionamiento de las autocaravanas y otros vehículos vivienda.

Más allá de su trascendencia jurídica, quizá deberíamos aprovechar este cambio también como una oportunidad pedagógica.

Una autocaravana que cumple las condiciones reglamentarias de estacionamiento debe ser contemplada, desde el punto de vista de la circulación, como lo que es:

un vehículo estacionado.

Después podrá haber conductas individuales correctas o incorrectas y sobre ellas habrá que actuar.

Pero no deberíamos presumir una conducta incorrecta simplemente porque delante tenemos una autocaravana.

David Cantero ha puesto voz a algo que muchos conocemos

Ahí reside también la importancia de que una persona con la visibilidad pública de David Cantero cuente lo que está viviendo.

Quienes llevamos muchos años viajando en autocaravana conocemos esa sensación, pero normalmente hablamos entre nosotros. Nuestros artículos, reivindicaciones y debates circulan principalmente dentro del propio mundo autocaravanista.

Cuando alguien conocido por millones de ciudadanos explica públicamente que después de más de veinte años viajando en autocaravana percibe cada vez mayores dificultades y rechazo, el mensaje sale de nuestro pequeño círculo.

Y eso también es pedagogía.

No se trata de pedir privilegios ni de justificar comportamientos incorrectos. Tampoco de pedir que todo esté permitido.

Se trata de algo mucho más sencillo:

que se juzguen comportamientos y no estereotipos.

Porque el respeto, como escribía Judith Guitarte, no depende del vehículo que utilizamos, sino de cómo nos comportamos.

Pero esa pedagogía no corresponde únicamente a quienes viajamos en autocaravana. También corresponde a quienes informan, regulan, sancionan y colocan las señales.

Porque todos contribuimos, de una manera u otra, a construir la imagen que la sociedad termina teniendo de los demás.

Y quizá haya llegado el momento de dejar de preguntarnos qué vehículo tenemos delante y empezar a preguntarnos algo mucho más sencillo:

¿Qué está haciendo realmente la persona que lo utiliza?



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