domingo, 31 de mayo de 2026

Del Goierri al Matarraña: viajar y comprobar cómo ha cambiado el autocaravanismo en España.


La presencia de las autocaravanas en los destinos turísticos españoles es hoy una realidad cada vez más visible.

Durante la última semana hemos tenido ocasión de comprobarlo una vez más en un viaje que, aunque nació sin un itinerario demasiado definido, terminó convirtiéndose en una pequeña reflexión sobre la evolución del autocaravanismo en nuestro país.

Entre el viernes 22 y el viernes 29 de Mayo realizamos una salida con nuestra autocaravana que comenzó en el Goierri guipuzcoano.

Nuestro primer destino fue la bonita localidad de Zegama, donde visitamos a unos amigos y permanecimos desde el viernes hasta el lunes en el área de autocaravanas situada en la parte alta del pueblo, junto al interesante Museo de la Madera. Por cierto, un precioso museo que nos sorprendió y que, si os acercáis por Zegama, no os deberíais perder.

Desde allí, en compañía de nuestros amigos Javier, José Ángel, Murillo y de Imanol Artola Agirretxe, impulsor junto al Ayuntamiento de Zegama del interesante Museo de la Madera y antiguo guarda del Parque Natural de Aizkorri-Aratz, recorrimos algunos de los lugares más emblemáticos del entorno.

Disfrutamos del Parque Natural de Urbasa, en Navarra, y visitamos también el Santuario de Nuestra Señora de Arantzazu. Gracias a la estrecha relación que Imanol mantiene desde hace años con la comunidad franciscana del monasterio, tuvimos la oportunidad de acceder a algunos espacios interiores que habitualmente pasan desapercibidos para muchos visitantes.

Allí pudimos contemplar con tranquilidad las pinturas de Javier de Eulate expuestas en los pasillos del monasterio, además de admirar el extraordinario conjunto artístico que conforman las aportaciones de Jorge Oteiza, Néstor Basterretxea, Carlos Pascual de Lara y el arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza.

Fueron jornadas magníficas, combinando naturaleza, patrimonio, gastronomía, amistad y el privilegio de descubrir algunos rincones menos conocidos de uno de los lugares más emblemáticos del País Vasco.


Nuestro plan inicial era prolongar el viaje unos días más sin un rumbo demasiado concreto, aunque con la idea de dirigirnos hacia el Bajo Aragón, una comarca que ya habíamos visitado años atrás y que nos había dejado un excelente recuerdo.

El martes, al mediodía, partimos desde Zegama atravesando la meseta navarra y continuando hacia Zaragoza y Alcañiz. Fue una jornada de carretera marcada por el contraste de paisajes: los verdes intensos del norte fueron dando paso poco a poco a los tonos dorados de los campos de cereal bajo un calor ya plenamente veraniego.

Durante los días siguientes recorrimos varias de las poblaciones históricas del Bajo Aragón y de la comarca del Matarraña. Alcañiz, Calaceite, La Fresneda y Valderrobres volvieron a sorprendernos por la belleza de sus conjuntos urbanos. Sus plazas porticadas, las calles empinadas, los palacios de piedra, las iglesias y los castillos de origen medieval convierten esta zona en uno de los rincones con más personalidad de Aragón.


Sin embargo, hubo otro aspecto que llamó especialmente mi atención.

En prácticamente todas las localidades visitadas encontramos áreas o aparcamientos para autocaravanas con servicios, generalmente bien situados y con un acceso cómodo a los centros históricos.

En algunos casos, incluso aparecían señalizados en los planos turísticos distribuidos por las oficinas de información.

Puede parecer un detalle menor, pero para quienes llevamos muchos años viajando en autocaravana representa un cambio muy significativo.

A pesar de que todavía existen municipios donde persisten restricciones injustificadas o interpretaciones discutibles sobre la presencia de las autocaravanas, resulta satisfactorio comprobar cómo muchos destinos turísticos han entendido que este tipo de turismo itinerante forma parte ya de la realidad del sector y merece ser atendido mediante infraestructuras adecuadas.

Recorriendo las comarcas del Bajo Aragón es difícil no recordar aquellos comienzos de los años 2000.

Entonces la presión turística era mucho menor y los conflictos también eran menos visibles, pero la carencia de servicios específicos para autocaravanas era prácticamente absoluta.

Viajar suponía improvisar constantemente y encontrar un punto de vaciado o un lugar adecuado para estacionar era, en muchas ocasiones, una auténtica aventura.

Hoy la situación es muy diferente. El crecimiento del autocaravanismo ha traído nuevos retos y nuevos debates, pero también ha impulsado la creación de cientos de áreas y espacios de acogida por toda España.

Muchas de ellas han surgido gracias a la iniciativa de municipios que han comprendido el valor económico y social que aporta este tipo de turismo. Pero también son el resultado de años de trabajo, diálogo y reivindicación por parte de muchos autocaravanistas y de  asociaciones que han contribuido a normalizar nuestra presencia como viajeros.

Quizá por eso, mientras recorríamos las calles medievales del Matarraña, no pude evitar pensar en todo lo que ha cambiado el panorama en apenas veinticinco años.

Queda mucho camino por recorrer, pero también conviene detenerse de vez en cuando para reconocer los avances conseguidos.

Y este viaje ha sido una buena ocasión para hacerlo.

Pedro Ansorena.

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