martes, 21 de abril de 2026

Cuando el mundo era otro.

Viajar en los años 70 no tenía nada que ver con lo que conocemos hoy.

No había internet, ni navegadores, ni teléfonos móviles, ni traductores automáticos, ni las comunicaciones de hoy.
Solo había mapas, intuición —o instinto natural— e ilusión por viajar.

El mundo era más grande… y también más incierto.

A mí me tocó vivirlo desde la mar y desde sus puertos y ciudades.

Durante mis 19 años en la marina mercante, recorrí lugares muy distintos entre sí, en una época en la que el viaje tenía otro ritmo y otra forma de vivirse.

Desde los puertos y ciudades europeas con yacimientos arqueológicos como Pompeya, Herculano o Agrigento, hasta la caldera del Ngorongoro en Tanzania o la península del Yucatán.
Del desierto del Sinaí o las pirámides de Egipto al Serengeti en Kenia.

Pero no todo eran paisajes.

La vida de trabajo en el mar es una vida dura y arriesgada que se desarrolla en medio de un ir y venir de una parte a la otra con una convivencia complicada, pero que en el fondo si te gusta lo que haces merece la pena vivirla.

En aquellos viajes y escenarios, también mis ojos vieron y vivieron momentos complejos.

La descolonización portuguesa en Mozambique, en puertos como Lourenço Marques, Nacala o Beira, donde muchos portugueses, después de haber sido despojados de sus tierras y casas, esperaban para regresar a Lisboa mientras veían arder sus pertenencias en los muelles.

El revuelo que provocó la  explosión de una bomba en la embajada española de Lisboa, cuando me encontraba en el puerto de la capital portuguesa.

El apartheid en Durban y Ciudad del Cabo, donde la segregación racial percibí por todas partes ya que formaba parte de la vida cotidiana.

En África occidental, los escenarios del río Bonny, en lo que fue la desaparecida Biafra, y los relatos y secuelas de quienes habían sufrido aquella guerra.

O las hambrunas que se vivían en zonas de Sudán, Somalia o Etiopía.

Recuerdo especialmente la reapertura del Canal de Suez tras años cerrado.
Cruzarlo de nuevo no era solo una ruta marítima: era la sensación de que algo importante cambiaba en el mundo.

También me alcanzaron acontecimientos históricos.

La muerte de Mao Zedong en Shanghái, donde vi a personas llorar su pérdida.
Y, desde la distancia, la muerte de Francisco Franco y el inicio de una nueva etapa en España.

Eran tiempos en los que la información no llegaba al instante.

La seguíamos, cuando podíamos, a través de la onda corta de Radio Exterior de España.
O simplemente no llegaba.

La comunicación con la familia era lenta y complicada.

Las cartas tardaban semanas o meses en recibirlas cuando atracamos en algun puerto, vete tú a saber en donde.
Las llamadas desde el barco, a través de estaciones costeras y la radio marítima, eran caras, difíciles e incómodas con el paso a paso.

El mundo se vivía de otra manera.

También conocí los astilleros de Mitsubishi en Nagasaki, en proximidad de la desolación dejada por la bomba atómica, los lejanos puertos de Australia como Sydney o Melbourne, los grandes lagos de Canadá, Vancouver o la bahía de Hudson, el canal de Panamá o el cabo de Hornos.

Recorrí buena parte del continente americano, con lugares como Nueva York, el río Misisipi o el Orinoco hasta Puerto Ordaz, así como el Paraná y ciudades como Santos, Buenos Aires, Montevideo o Santiago de Chile.

También los complejos escenarios de Oriente Medio y el Golfo Pérsico, con el estrecho de Ormuz, Dubai y Catar.

Irán, en tiempos del Sha, con puertos como Bandar Shapur o Abadán, en los paisajes de las desembocaduras de los ríos Tigris, Éufrates y los escenarios de la antigua Mesopotamia. Todo ello formó parte de ese recorrido.

La quema de cadaveres en las orillas del río Ganges en el delta de Bangladés.

Incluso viví de cerca los bombardeos en Libia, cuyos estruendos se escuchaban desde puertos como Bengasi o la terminal petrolera de Es Sider, en el golfo de Sidra .

Todo aquello ocurrió en un mundo muy distinto al actual.

Un mundo en el que los acontecimientos no se seguían en una pantalla. Se vivían.

A veces sin entenderlos del todo, pero formando parte de ellos.

Y con el paso del tiempo, uno comprende que esas experiencias no solo fueron viajes.

Fueron parte de una forma de mirar el mundo que ya nunca te abandona.

Y quizá por eso, cuando años después llegó la autocaravana a nuestra vida, no la vivimos como un medio más de viajar.
La vivimos como la forma más natural de seguir haciéndolo.

Pedro Ansorena.

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