Autocaravanas estacionadas en una población de la costa cantábrica. La creciente presencia de estos vehículos plantea nuevos desafíos para la movilidad y la gestión de los espacios públicos.
Primera entrega: Una presencia creciente que plantea nuevos desafíos.
Quienes llevamos muchos años viajando en autocaravana hemos sido testigos de una transformación que, hace apenas dos décadas, difícilmente podíamos imaginar. Aquellos vehículos que despertaban curiosidad cuando aparecían en las carreteras y calles de nuestros pueblos forman hoy parte habitual del paisaje turístico de numerosas localidades españolas.
Esta evolución resulta especialmente visible en la costa norte, desde el País Vasco hasta Galicia, pasando por Cantabria y Asturias. Sin embargo, también en la costa mediterránea y en las poblaciones del interior la presencia de autocaravanas es cada vez mayor. Durante los meses de verano, muchas poblaciones costeras reciben una importante afluencia de autocaravanas y vehículos camper, atraídos por sus paisajes, playas, gastronomía, el patrimonio y el clima.
Lo que comenzó siendo una modalidad minoritaria de viajar se ha convertido en una realidad que las administraciones públicas ya no pueden ignorar.
Pero ese crecimiento también está poniendo de manifiesto una cuestión que merece una reflexión: ¿estamos adaptando nuestros municipios para gestionar esta nueva realidad o estamos recurriendo cada vez con mayor frecuencia a medidas que dificultan la presencia de estos vehículos?
De una actividad minoritaria a una presencia habitual
A comienzos de este siglo, cuando algunos empezamos a trabajar para que los ayuntamientos reconocieran las necesidades del autocaravanismo, uno de los principales obstáculos era el desconocimiento.
Muchos responsables municipales identificaban automáticamente la autocaravana con el camping. No resultaba fácil explicar que estábamos hablando de vehículos destinados al transporte y alojamiento de sus ocupantes, capaces de circular y estacionar conforme a las normas de tráfico, que incorpora elementos para ser habitados, por lo que necesitaban instalaciones donde abastecerse de agua y evacuar adecuadamente sus residuos.
La experiencia de países como Francia e Italia nos ayudó a trasladar aquella realidad a nuestros municipios.
Así comenzaron a surgir las primeras áreas municipales de servicio, concebidas como una forma de facilitar la movilidad y favorecer la visita a poblaciones que hasta entonces apenas contemplaban esta modalidad turística.
Con el paso del tiempo, el número de vehículos ha crecido, han aparecido nuevas formas de viajar y el alquiler ha permitido que muchas personas se acerquen al autocaravanismo sin necesidad de adquirir un vehículo.
También han cambiado los hábitos de los viajeros, las dimensiones de algunas autocaravanas y las expectativas respecto a los servicios disponibles.
Es evidente que aquella realidad de los primeros años ya no es la misma.
Y precisamente por eso resulta necesario adaptar la gestión municipal a las circunstancias actuales.
La costa norte ante una nueva realidad
Durante los últimos meses hemos ido recopilando noticias, disposiciones municipales y referencias normativas relacionadas con la presencia de autocaravanas en numerosas poblaciones de la costa cantábrica y gallega.
Santander, San Vicente de la Barquera, Llanes, Cudillero, Gijón, diferentes localidades de Bizkaia y Gipuzkoa, así como varios municipios gallegos, aparecen en informaciones relacionadas con la regulación del estacionamiento, las limitaciones de acceso, la pernocta y la creación de nuevas áreas.
Las situaciones no son idénticas.
En algunos lugares se establecen restricciones por peso o dimensiones. En otros se limitan determinados horarios de estacionamiento, se instalan elementos físicos para controlar el acceso o se habilitan espacios específicos para autocaravanas y se prohíbe el aparcamiento en el resto del municipio.
También encontramos municipios que invierten recursos públicos en nuevas instalaciones, algunas gestionadas directamente y otras mediante empresas especializadas.
Sería injusto presentar todas estas actuaciones como prohibiciones arbitrarias. Los ayuntamientos tienen responsabilidades legítimas en materia de seguridad vial, movilidad, convivencia y protección del espacio público.
Pero también sería un error considerar que cualquier restricción queda justificada por el simple hecho de que aumente el número de autocaravanas, especialmente cuando también crece considerablemente la presencia de turismos.
Entre ordenar razonablemente el estacionamiento y dificultar de manera generalizada la presencia de una categoría de vehículos existe una diferencia importante.
Los problemas de convivencia también forman parte de la realidad
No podemos analizar esta situación ignorando las dificultades que ocasiona la concentración de vehículos en determinados lugares.
Los municipios costeros soportan durante el verano una presión turística considerable. Sus aparcamientos, calles y servicios públicos deben atender simultáneamente las necesidades de residentes, visitantes, establecimientos comerciales y diferentes modalidades de transporte.
En algunos espacios, la permanencia prolongada de vehículos reduce la rotación y dificulta que otras personas puedan estacionar.
También existen comportamientos inadecuados: ocupación del espacio exterior con mesas y sillas, vertidos indebidos, utilización incorrecta de instalaciones públicas o falta de respeto hacia el entorno.
Son conductas que deben corregirse, tanto cuando las realizan usuarios de autocaravanas como cuando corresponden a otros usuarios del espacio público.
Quienes defendemos el autocaravanismo tenemos también la responsabilidad de promover un uso respetuoso de los espacios compartidos.
Lo hemos señalado en anteriores publicaciones: disfrutar de la libertad de viajar exige conocer las normas y respetar los derechos de los demás.
Pero conviene recordar algo igualmente importante: las conductas incorrectas deben atribuirse a quienes las realizan, no indiscriminadamente a todos los vehículos de una misma categoría.
Una autocaravana correctamente estacionada no puede equipararse automáticamente a una ocupación indebida del espacio público.
Cuando visitar un municipio comienza a resultar complicado
Hay una cuestión que considero especialmente preocupante y que a veces queda eclipsada por el debate sobre la pernocta.
No todos los autocaravanistas que llegan a una población pretenden pasar allí la noche.
Muchos simplemente desean detenerse durante unas horas, conocer su patrimonio, visitar sus comercios, comer en un restaurante o disfrutar de su entorno.
Sin embargo, determinadas restricciones de acceso o estacionamiento pueden dificultar también esas visitas.
Aquí el problema ya no consiste solamente en disponer de un lugar adecuado para pasar la noche. Estamos hablando de la posibilidad de estacionar un vehículo y ejercer una actividad turística ordinaria.
Naturalmente, una autocaravana no puede estacionar donde sus dimensiones impidan hacerlo con seguridad, donde exista una limitación legalmente establecida o donde obstaculice la circulación.
Pero esas circunstancias deben valorarse mediante criterios objetivos, sin convertir las características habitacionales del vehículo en una razón suficiente para excluirlo.
La movilidad turística no comienza cuando encontramos un lugar donde dormir. Comienza mucho antes, cuando decidimos detenernos para conocer una población.
Las áreas de autocaravanas: una respuesta necesaria, pero no la única
La creación de áreas de servicio ha contribuido notablemente al desarrollo del autocaravanismo.
Estas instalaciones permiten realizar operaciones indispensables, como abastecerse de agua y evacuar los residuos de manera adecuada. Algunas ofrecen, además, estacionamiento prolongado, electricidad, reservas y otros servicios.
Su utilidad resulta evidente, especialmente en localidades con una elevada presencia de vehículos.
Sin embargo, conviene distinguir entre proporcionar servicios y establecer restricciones al estacionamiento ordinario.
Un área puede constituir una alternativa adecuada para quienes desean utilizarla, sin que su existencia implique necesariamente que todas las autocaravanas deban estacionar exclusivamente en ella.
Este asunto merece un análisis específico, porque en algunos municipios la creación de nuevas instalaciones aparece acompañada de limitaciones en otros espacios públicos.
¿Estamos ampliando las posibilidades de los viajeros o sustituyendo unas posibilidades por otras?
No existe una respuesta única. Dependerá de las medidas concretas y de sus fundamentos.
Pero es una pregunta que las administraciones deberían tener presente cuando diseñan sus políticas de movilidad.
Una nueva etapa normativa
El pasado 1 de octubre de 2026 entró en vigor la modificación del Reglamento General de Circulación que incorpora el artículo 92.4, relativo al estacionamiento de los vehículos vivienda.
Este cambio supone una referencia importante para diferenciar las condiciones del estacionamiento de otras actividades que pueden desarrollarse alrededor del vehículo.
No elimina las competencias municipales para regular la circulación y el estacionamiento en las vías de su titularidad, pero obliga a examinar las restricciones dentro del marco jurídico aplicable.
La distinción entre estacionar, pernoctar y acampar, tantas veces debatida durante las últimas décadas, continúa siendo fundamental.
También lo son los principios de igualdad, proporcionalidad y seguridad jurídica.
La convivencia entre los diferentes usuarios del espacio público requiere normas claras, comprensibles y justificadas.
Y esas normas deben atender tanto a las necesidades de los municipios como a los derechos de quienes los visitan.
Una reflexión para comenzar
Durante más de veinte años hemos visto evolucionar el autocaravanismo en España.
Primero tuvimos que explicar qué era una autocaravana y por qué necesitaba determinados servicios. Después llegaron las primeras áreas municipales, el crecimiento del parque de vehículos y una mayor presencia en nuestras poblaciones.
Hoy nos encontramos ante un escenario diferente, caracterizado por una demanda creciente, problemas de concentración en determinados destinos y nuevas respuestas de las administraciones.
No se trata de negar esas dificultades ni de reclamar privilegios.
Se trata de encontrar soluciones equilibradas que permitan gestionar la movilidad, proteger los espacios públicos y favorecer una convivencia respetuosa.
Porque una cosa es ordenar el estacionamiento y otra muy distinta convertir la presencia de determinados vehículos en un problema que se pretende resolver principalmente mediante restricciones.
El verdadero desafío no debería consistir en decidir dónde impedir que lleguen las autocaravanas, sino en estudiar cómo gestionar adecuadamente su presencia.
En las próximas entregas examinaremos algunas de las medidas adoptadas en diferentes municipios de la costa norte, sus semejanzas, sus diferencias y las cuestiones jurídicas que plantean.
También reflexionaremos sobre la evolución de las áreas de autocaravanas y el nuevo escenario abierto por el Reglamento General de Circulación.
No buscamos señalar a unos municipios frente a otros, sino comprender una transformación que afecta a una modalidad de movilidad turística cada vez más extendida.
Y terminamos esta primera reflexión con una pregunta:
¿Estamos preparando nuestros pueblos y ciudades para gestionar una realidad creciente o estamos construyendo, poco a poco, un mapa de lugares donde cada vez resulta más difícil detenerse?
Este artículo forma parte de la serie «Autocaravanas en la costa norte: entre la regulación y la prohibición».
Próxima entrega: «De Santander a Galicia: diferentes municipios, restricciones semejantes».
Para ampliar información
Sobre la evolución de las áreas de autocaravanas y su relación con la movilidad, puede consultarse el artículo anterior:
Pedro Ansorena Antón.



